Nosotras, las mujeres, en concreto. De nacer en el S.XX, a
finales y en Europa.
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| No sabes la que te espera, Tess. Por guapa. |
Me gusta mucho la literatura inglesa desde mediado el
S.XVIII hasta la primera guerra mundial. Desde Jane Austen hasta Oscar Wilde,
pasando por las hermanas Brönte o Thomas Hardy. Ya he hablado alguna vez de la
fascinación que me provoca, quizás por su marcada diferencia con el modo actual
de relacionarse socialmente a la hora del asunto sexual, la época victoriana. En estos tiempos del
“hola, ¿follamos?” mi lado sensible disfruta como un gorrino en una charca con
esos despliegues de gestos y miradas, de frases con doble sentido y veladas
insinuaciones, total para conseguir lo mismo….pero sin arruinar tu reputación.
Ahí es donde voy, antes de que los escasos maromos que
merodean por estas líneas huyan despavoridos ante tanto corsé y fruncido. Leí
hace poco una novela de Hardy, “Tess de los Urberville. Una mujer pura
fielmente presentada” Toma ya con el título, y flipé.
Hago un pequeño resumen aunque tenga spoilers, espero que no
os importe.
Tess es una jovencita de pueblo, hija de un borracho con
pretensiones. Su única baza para conseguir un buen marido es su belleza e inocencia, y con ello, sus padres
aspiran a casarla con un caballero. Descubren un parentesco lejano con una familia noble, y
allí que envían a Tess a ver si saca algo, con su belleza y su total
desinformación sobre la vida y los hombres. Y sí saca. El señorito de la casa
se obsesiona con ella y la viola. Por supuesto la deja embarazada, aunque
pierde al bebé a los pocos meses de nacer. Ella queda estigmatizada de por
vida, porque ha perdido su honra, y la sociedad concluye que su belleza es fruto del diablo, porque ha
hecho que le pase lo que le ha pasado.
Años después conoce a un buen tipo, que también se enamora
de ella y se quiere casar. Ella insiste en contarle su pasado, pero él está
seguro de su amor y no quiere saber nada. De modo que se casan y en la
confianza de la noche de bodas, ella, que no quiere tener secretos para su
marido, se sincera…Y el “enamoradísimo” la repudia inmediatamente porque no ha
sido el primero en tocarla.
De ahí al final de libro todo es un dramón. Baste decir que ella
mata a su violador y entonces la ahorcan por matar a un probo ciudadano. Al
menos su marido se arrepiente de haberla tratado así, aunque ya sea demasiado
tarde.
Hardy se define entre otras cosas por el realismo de
sus novelas, y por entrar de una manera muy fiel dentro del alma femenina de la
época. Tiene otra novela que también me gustó mucho, Lejos del mundanal ruido,
en la que la protagonista también en una chica valiente luchando contra los
elementos, aunque esta acaba bien. ¡Vaya época! ¿Os imagináis haber nacido
entonces? ¡¡No éramos nada!! Absolutamente nada. Y hasta lo que aún hoy es
considerado una ventaja para nosotras, que es una carcasa agradable y
apetitosa, se podía volver en tu contra si se fijaba en ti el hijoputa
equivocado.
Imagina que lo único que tienes para hacerte valer en la
vida es tu virginidad y tu cara bonita. Con eso tienes que conseguir un futuro
para ti y para tus hijos, porque esa es otra, has de tenerlos, como no puedas
(lo de que no quieras es inconcebible) estás acabada. Si eres fea, has de
decirle que sí al primero que te lo pida, quien sabe si habrá otro. Si eres bonita
igual puedes pescar a un marido más rico, aunque sea más viejo o más mala
persona, o las dos cosas juntas. Y sin rechistar hasta que te mueras. El puede
hacer su vida, pero como tú pongas tus lindos ojos en otros bigotes menos
amarillentos, estás desahuciada. Tú y tus hijas. Tus hijos varones aún podrán
hacer carrera en el ejército y congraciarse de nuevo con la familia paterna,
pero olvídate de casar bien a tus hijas, que la sociedad no olvida que una
noche un apuesto oficial rebuscó bajo tus prohibidas enaguas en un baile de
máscaras.
Qué suerte hemos tenido, ya que íbamos a nacer mujeres, de
hacerlo a finales del S.XX, en Europa en concreto (porque si llegamos a nacer
en Oriente Medio o Africa, qué más nos da el siglo) Qué suerte la nuestra de
poder contar además de con nuestra cara bonita, con nuestro cerebro, con
nuestros brazos y con nuestro libre albedrío a la hora de abrirnos de piernas.
Aún así, cuando yo era adolescente, en mi pueblo, de mi
edad, éramos dos pandillas de chicas. Los chicos con los que íbamos normalmente
nos habían puesto un apodo a cada grupo. Las Putas y Las Monjas. Las primeras
eran las que se enrollaban con ellos, y las segundas, es decir, mis amigas y
yo, las que éramos vírgenes, castas y puras y no se nos conocía novio ni
rollete. Ellos decían que salían con las Putas pero que se casarían con Las
Monjas. Y Las Monjas callábamos, sonreíamos mientras nos sonrojábamos
discretamente en el salón parroquial y los fines de semana escapábamos a la ciudad
a hacer con nuestros cuerpos lo que nos diera la gana. Los pobres muchachos de
nuestro pueblo no sólo se equivocaban en eso, tampoco acertaron con lo de
cazarnos para ser las madres de sus hijos cuando se cansaran de picar y volar.
Acabamos todas con hombres seguros de sí mismos a los que nuestro pasado y
reputación les importaba verdaderamente un pito. Tanto como a nosotras la suya.








