Existen dos clases de románticos. Los que lo son y les encanta
y viven su vida de acuerdo a las leyes del romanticismo y los que no se tienen a si mismos
por románticos ni sentimentales, pero a veces, hacen algo romántico sin darse cuenta.
Tengo un amigo que cada año el día de su aniversario, le
regala a su novia, ahora su mujer, el mismo número de rosas rojas que años
llevan juntos. Y ya lleva 9. Ella encantada de la vida, espera ansiosa el
momento en que el florista irrumpa en su despacho con las flores y a ambos les
chifla el asunto. No os creáis que el tipo es un flacucho enfermizo y gafitas
que sólo lee a Benedeti, ¡qué va! Es un tío bastante guapo, grandote y muy
deportista que rara vez no lleva nada de North Face, pero es un romántico. Pues
lo siento chaval, te quiero un montón pero a mi lo de las rosas me parece
una cursilada y como se te olvide un año te va a caer la del pulpo.
Yo leía bastante a Becquer en mi adolescencia. Más las
leyendas que las rimas, pero las rimas también. Ese sí que era un romántico. De
puro romántico han sobado tanto sus versos que ya ni los intentamos entender en
toda su profundidad.
Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
Hoy llega al fondo de mi alma el sol.
Hoy la he visto, la he visto y me ha mirado,
¡Hoy creo en Dios!
¿Te imaginas hacerle sentir esto a un hombre? Es para
tirártelo un par de veces al menos, al pobre. Aunque ve con cuidado, porque si
se pone así por una mirada, igual lo matas de un infarto cuando te vea
cabalgando desnuda sobre él como una amazona en celo. Tú verás. A mi no me van estos especímenes de verbo florido y mirada lánguida, ni aunque escriban tan bien como este poeta.
Luego están los otros, los que no hacen cosas románticas,
los chulitos curtidos en mil batallas que no se enamoran (casi nunca) ni se dejan llevar por el corazón, como los protagonistas masculinos de
las novelas de Pérez-Reverte.
Acabo de terminar El tango de la Guardia Vieja, su última
novela, y me ha dejado loca, casi tanto como la anterior (El Asedio, mi
favorita hasta la fecha junto con el primer Alatriste) Qué hombres, ¡qué
hombres! Espero no llenar esto de spoilers por si pensáis leerlas, pero ¡qué
hombres! El Capitán Lobo y Max Costa. Ambos muy diferentes pero con finales muy
similares. Un par de hombres a los que las mujeres en general no han importado
demasiado a lo largo de su vida, las han utilizado igual que ellas a ellos,
pero llegado el momento saben distinguir de entre todas las que arrugaron sábanas junto a ellos,
aquella por la que vale la pena jugarse el tipo y la dignidad (y perderlo, como
sospechaban que iba a ocurrir) para que ella gane y siga su camino. Nunca he
hecho esto por nadie, pero por ti, lo hago. Diossss. Cuando es real, cuando es cierto, esa clase de gestos nos
vuelve locas, nos desarma, nos descoloca.
Cuando un tío al que no has conocido
más que follamigas y que prefiere madrugar para hacer deporte a ligar hasta las
tantas en un garito mientras se emborracha, te manda sin previo aviso una carta
con sello y todo, de las que deja el cartero en el buzón, con una sola frase
escrita de su puño y letra en mitad de la página abriéndote su corazón, lo
mínimo que puedes hacer es enamorarte.
Advertencia. Cuando es real, cuando ella te importa de verdad y no sólo
estás intentando llevártela al catre, porque tarde o temprano te pillará, y no
hay nadie más temible que una mujer despechada.




